Iglesia Cristiana Monte Sinai

Amando a Dios. Creciendo en la sana doctrina. Llevando a Cristo al mundo.

El Sacerdocio Levítico

Lectura Bíblica: Hebreos 7:11

El término levítico proviene de la tribu de Leví. De acuerdo a Números 18:1 - 8, los sacerdotes debían servir delante del arca del testimonio y trabajar en todo aquello que estaba relacionado con el altar. En Deuteronomio 33:10, Dios les extiende un llamado para enseñar las leyes y sus juicios. Leví quiere decir: El que acompaña.

I. El Llamado - Éxodo 19:5,6

El llamado al principio fue extendido a los primogénitos de la nación (Éxodo 13:1,2, 14 - 16). Habían dos razones o propósitos para esto. En primer lugar, era un recordatorio de la liberación de Egipto y de como Dios castigó a los primogénitos de esa nación. En segundo lugar, Dios le extiende el llamado a los levitas, porque la nación de Israel se volcó a adorar a los dioses egipcios y se formó la rebelión en Coré, donde solo los levitas se pusieron del lado de Dios y la nación en su contra. 

En el Nuevo Testamento, de acuerdo a Primera de Pedro en capítulo dos y los versos cinco y nueve, Pedro nos dice que ahora que como somos sacerdocio santo, debemos de ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Y en segundo lugar debemos de anunciar las virtudes de Dios que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. 

Los sacrificios espirituales que Dios desea de nosotros ahora es:

1) Hebreos 4:15,6 - Que nos acerquemos confiadamente al trono de gracia para alcanzar misericordia. 

2) Hebreos 6:19,20 - El Señor entró por nosotros como precursor. Lo cual quiere decir que es entrar en la presencia de Cristo mismo. 

3) Hebreos 10:19 - 22 - Tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo. 

Antes el Sumo Sacerdote podía entrar una vez por año. Nosotros podemos entrar todo el tiempo ante la presencia de Dios. Esto es algo maravilloso de observar, porque Dios mismo nos invita a estar con él todo el tiempo.

Los sacerdotes debían lavarse antes de entrar a su presencia. Hoy en día nosotros por igual debemos de lavarnos. Pero con la diferencia es que lo hacemos por medio de su Palabra. Eso lo vemos en Efesios 5:26. Jesús mismo dijo: Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad.          A medida que leemos más la Palabra de Dios, esta irá dominando nuestra mente y nuestro corazón. Es la espada de dos filos que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

Los sacerdotes debían de cuidar su vestimenta por igual. Nosotros ahora estamos vestidos de Cristo Jesús (Romanos 13:14; Gálatas 3:27 y Colosenses 3:10). 

Los sacerdotes eran ungidos con el aceite de la unción. Nosotros hemos sido consagrados por medio de la unción del Santo, esta unción ahora permanece en nosotros, por medio de su Espíritu Santo.

II. Su Trabajo 

Los sacerdotes debían ofrecer un sacrificio por sus pecados. Debían de ofrecer un holocausto que les costara a ellos por causa de sus pecados. La pregunta que debemos de hacernos nosotros hoy en día es: ¿Cuál es el costo para nosotros?

En primer lugar Dios puso un precio muy alto por nosotros (I Corintios 6:20 - por precio hemos sido comprados). El precio fue la vida de su Hijo por la de nosotros. Fue un precio muy alto que Dios ha puesto sobre cada pecador para rescatarnos de la esclavitud nuestra.

En segundo lugar el rey David, nos da otro ejemplo. En II Samuel 24:24, él quería comprar un terreno y el dueño no le quería cobrar nada, a lo cual David replicó: No ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. 

Y Pablo en Romanos 12:1, nos dice que debemos de hacer. De presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo y agradable a Dios que es nuestro culto racional. A la iglesia de Filipos, les dice que debemos de tener el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús, que se humilló hasta la muerte de la cruz. 

Por eso es que los sacerdotes tenían que estar seguros que el fuego en la antorcha o la lámpara estuviera ardiendo todo el día. El fuego debía arder todo el día en el altar (Levítico 6:13 y Éxodo 30:7,8). Pablo nos insta de orar sin cesar (I Tesalonicenses 5:17). Ellos estaban encargados de las leyes y los mandamientos se cumplieran. Debían orar para bendecir al pueblo (Números 6:22 - 27). Debían estar listos para servir cuando fuera requerido (Números 8:24). En Hebreos 12:24, el autor nos dice que debemos de servir a Dios agradándole con temor y reverencia. 

Es un privilegio servir a Dios. Esa palabra privilegio que viene del latín lex privata, habla de beneficios, favor o los derechos que tenemos o poseemos que otros no tienen. 

Pablo le dice a Timoteo: Me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio. 

Su gracia nos fortalecerá para seguir cuando no tengamos fuerzas.

III. Sacerdocio en la casa

En I Samuel 2:12 y 17 y 3:11 - 13, vemos algo trágico. Elí que era el Sumo Sacerdote tuvo un pobre desempeño como líder de su casa. La Palabra nos dice que los dos hijos de Elí eran impíos y no tenían conocimiento de Jehová. Estos menospreciaban las ofrendas de Jehová. Elí conocía la iniquidad de sus hijos, que blasfemaban a Dios y aún así no los estorbaba en estos pecados que cometían.

El trabajo del hombre es cuidar su casa, su hogar. Debe de cuidar a su mujer y atender a sus emociones. Requiere tiempo y atención. Por eso necesita distribuir bien el tiempo que tenga en el día o en la semana. De atender a sus hijos y esto es tan pero tan importante. 

El pueblo de Dios o la iglesia, debe de entender que es un trabajo entre todos. Ponerle una carga a una sola persona no es bíblica. Jetro, el suegro de Moisés, le aconsejó que lo que estaba haciendo no era saludable de atender al pueblo desde la mañana hasta la tarde. Y esto no es saludable, por que el cuerpo o la iglesia no se desarrolla como tiene que ser. 

Los matrimonios corren peligro cuando existe negligencia en cuidar el hogar. Pablo le dijo a Timoteo, que estaba liderando la iglesia de Efeso, que si un esposo o pastor o diácono (servidor) no puede gobernar, guiar, ser ejemplo o conducirlos debidamente, este no podrá gobernar bien en la iglesia (I Timoteo 3:1 - 8).

Pon orden a tu vida, en primer lugar tu ministerio más importante es tu relación con Dios. El segundo es con tu familia y en tercer lugar, con la iglesia. Si pones al segundo o tercer punto por encima del primero, irás camino al fracaso.